jueves, 23 de septiembre de 2010
Niño.
Bueno, quiero dedicar lo que probablemente sea la última entrada de este blog a contar una historia. Una historia completamente real, a la que no voy a añadir nada y de la que espero no obviar ningún detalle. La historia comienza el sábado pasado, a eso de las tres menos cuarto de la tarde. Jody, mi gata, una preciosidad llamada así por la también preciosa pelirroja de Christopher Moore (Bloodsucking Fiends, You suck!), cazó a un pequeño pajarito. No pude evitar intervenir y se lo quité en un despiste. Aparentemente estaba ileso, pero presentaba una conmoción importante, supuse en principio que por el terror de ser cazado. Lo primero que hice fue dejarlo fuera de mi casa, a la sombra, esperando que se le pasara el susto y echara a volar. Cuando volví a ver si se había ido, seguía paralizado y lleno de hormigas, lo cual me rompió el alma, pues el pensamiento que se adueñó de mi cabeza y mi corazón fue simplemente que estaba hecho para volar, y que es lo que debía hacer. Lo lancé varias veces hacia arriba, intentando que volara, pero tras cortos aleteos caía al suelo con un golpe y se sujetaba como podía. Lo llevé dentro de nuevo tras una media hora al sol intentando que se marchara. Le pusimos pan con leche y agua y lo mentimos en una caja, donde se sintiera seguro y estuviera a salvo de los gatos. Apenas quería soltarse de mí. Supongo que la tela de mi camisa le hacía sentirse seguro, y que realmente no tenía conocimiento de que yo era un peligroso ser humano. Estuve fuera unas dos horas y media, y cuando volví, vi que todo seguía igual. Parecía algo más vivo, pero se negaba a comer nada. Llegó mi amigo Antonio, con el que a veces toco en un local, y nos marchamos. Cuando regresé de hacerme polvo las cuerdas vocales y decidí que el black metal se había acabado, vi que Seba, guitarrista y cerebro de Ozono3, había terminado de masterizar una canción en la que habíamos trabajado juntos durante toda la semana con mucho esfuerzo y dedicación. Muchísimo. La música es dura, intenta evitar dedicarte a ello a toda costa. Te atrapa. Escuché el tema y estaba completamente eufórico. Sonaba (y suena) de maravilla, apenas me creo que sea yo el que ha grabado esos instrumentos y ha cantado así. Aprovechando este sentimiento, mi madre me dio la noticia de que Niño (el pajarillo) había muerto. Supongo que puedes imaginar lo que sentí yo. La culpabilidad del "quizá podría haberle ayudado" y la frustración me invadieron para ser rápidamente sustituidos por la impotencia y la derrota. Estaba hecho para volar. Los pájaros deben volar, y aquella noche no entendía el destino de Niño. No podía entenderlo, es infantil, lo se, la vida es así. Pero hay pocas cosas que me sostengan en este mundo de locos. Y una de ellas es el Karma, la justicia divina o el orden del cosmos de la escuela de Mileto, me da igual como quieras llamarlo. Eso que hace ser medianamente feliz incluso cuando las cosas se desmoronan a mi alrededor, eso que me hace seguir luchando no había actuado esta vez. Y Niño ya no iba a volar más. Lloré. Lloré muchísimo, como hacía más de un año que no lloraba, cuando pensaba que mi vida se acababa y eso no me disgustaba del todo. Mi madre, una completa santa, dedicó parte de la madrugada a intentar consolarme. Puede parecer patético si lo ves desde fuera, supongo. Un tío con barba ya llorando desconsolado por un bicho que estaba prácticamente muerto cuando lo encontró. Pues quizá lo sea. Bueno, sigo. A la mañana siguiente, mi madre estaba demasiado cansada como para pasear al perro, Coco, un Lulú de Pomerania mezclado con Yorksire, así que lo hizo Mariano, su marido y uno de los pilares de mi vida, después de enterrar a Niño. Ahora tengo que aclarar algo: normalmente, cuando pasean juntos al perro, Mariano y mi madre, van hacia El Morche, para lo que hay que cruzar una carretera. Es algo rápido, pero si sigues el camino de la carretera a cualquier sentido(una de las más peligrosas de Málaga) puedes tirarte muchísimos kilómetros andando. Bien, cuando Mariano salió con Coco, fue en la dirección opuesta al pueblo, es decir, hacia el cementerio, una ruta bastante más agradable para mi gusto. A la altura de la depuradora, que está bastante antes que el cementerio, el collar de Coco se partió, y el perro salió disparado. Al final, Mariano consiguió cogerlo y volvió a casa con el en brazos (pues es bastante pequeño y no pesa mucho). Cuando le contó a mi madre lo que había sucedido, ella echó cuentas y él collar se había partido más o menos por donde estaría la carretera, en caso de que hubieran ido en la otra dirección. Bien, quizá aún no ates los cabos, así que te adelantaré el esfuerzo. Si Niño no hubiera muerto, yo no hubiera llorado, si yo no hubiera llorado, mi madre habría dormido suficiente, si mi madre hubiese dormido suficiente, habría paseado al perro, si hubiera paseado al perro, habrían ido en la otra dirección, si hubieran ido en la otra dirección, el collar se habría roto en la carretera, y si esto hubiera sucedido, probablemente Coco estaría muerto. Hoy soy una persona mucho más feliz, y sólo puedo estar tremendamente agradecido. Gracias, Niño, gracias y perdóname por no haber podido hacer nada.
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Coño..., dios. Me acabas de revolver. Ahora no se si me siento feliz o triste macho, me da pena Niño, pero me alegro por Coco, me da angustia pensar en ti llorando pero me alegro de que ahora estés feliz.
ResponderSuprimirNo lo se. Lo único que ahora mismo sé con seguridad es que no quiero que esta sea la última entrada de tu blog.
Y que te echo de menos tío.
A ver cuando nos vemos.
El "Efecto Mariposa", ¿verdad? Si no lo has leído ya, te recomiendo "El Forastero Misterioso", de Mark Twain, un libro que no me quiere (dos veces lo he comprado y ambas veces lo he perdido por circunstancias de la vida). Creo que te va a encantar.
ResponderSuprimirUn abrazO3 !!